Censura selectiva

En pleno siglo XXI pasan cosas que todos creíamos desterradas y mientras unos se afanan por no ofender a instituciones como la Iglesia, otros se jactan de cometer delitos prescritos sin ningún tipo de rubor ni pudor.

Digo esto porque me he quedado estupefacta después de leer dos noticias en los últimos días. La primera de ellas hacía referencia a una exposición de fotografía en el Ateneo de La Laguna en la que se han censurado tres imágenes por las protestas recibidas por varias personas, dice su comisario. La segunda tiene relación con el nuevo libro de Sánchez Drago que refleja unas conversaciones con Albert Boadella y en las que afirma abiertamente haber mantenido relaciones (sus expresiones son bastante más explícitas) con dos niñas japonesas de 13 años sin ningún tipo de rubor o censura.

Pues bien, las imágenes censuradas en el primer caso eran ofensivas para la Iglesia. Pertenecían a la exposición del artista José Luis Pérez Navarro titulada Oh my god!, una exposición en la que, bajo mi punto de vista, el autor juega de forma magistral con el placer y la muerte, lo erótico y lo religioso con retratos provocadores que por algunos serían definidos como irreverentes.

La decisión se tomó después de que el comisario recibiera presiones de diferentes personas que se habían sentido ofendidas al ver las imágenes tras la inauguración. El artista, ante la tesitura de retirar la muestra completa o exponer mutilado, decidió optar por la segunda opción con la condición de que un cartel colocado en el lugar de las tres imágenes explicara la sucedido.

En pleno siglo XXI, sí, se mermó una exposición por el mero hecho de ofender a unos pocos que tienen la libertad de comentar la exposición con quién les dé la gana, mostrarles su opinión e incluso hacer publicidad negativa porque es libre ver o no ver esas imágenes.

En contraposición está el caso de Sánchez Dragó. El escritor y periodista se jacta de haber mantenido relaciones sexuales con dos menores en su viaje a Japón, concretamente dos niñas japonesas de 13 años. Añade que como el delito ya ha prescrito lo puede contar e insinúa que poco menos fue maltratado sexualmente por dos menores que no tuvieron compasión de él. (Columna ‘Noticias de Navarra’)

Aquí, la censura no existe pese a que los derechos del niño están perfectamente establecidos, acordados y asumidos por todos, y la ley tipifica como delito los abusos a menores.

La hipocresía llega hasta ese punto y mientras unos no pueden disfrutar de una obra completa por la ofensa que esta produce, otros tienen la posibilidad de leer un texto que promueve, justifica y narra relaciones con menores obviando las leyes y los derechos del niño.

Creo que deberíamos reflexionar un poco sobre esta sociedad. A mí, sinceramente, cada día me produce más zozobra conocer situaciones así.

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