Interrogantes superpuestos

Braulio no podía parar de hacerse preguntas. Sabía que estaba durmiendo pero los interrogantes se superponían sin remedio y daban vueltas una y otra vez con, cada vez, menos sentido.

¿Y si abrimos nuestras mentes y nos volvemos cuerdos?

¿Y si contamos nuestras cosas y nos quedamos desnudos?

¿Y si corremos hacia la felicidad con los ojos vendados?

¿Y si hacemos todo esto a la vez?…

De repente, sintió que volaba, que sus dedos rozaban las respuestas de la cordura, la desnudez y la inquietud, y eso le dolía. Desistió de buscar una salida a ese laberinto y siguió dando vueltas en su mente o en su corazón. ¿Quién se iba a atrever a discutir dónde estaba dando vueltas? Añadiendo preguntas nuevas, nuevas interrogaciones.

Súbitamente, mientras seguía perdido en una ensoñación interna alguien puso la salida del laberinto ante él. Ya despierto miró a su izquierda. Había sido ella. Yacía a su lado mostrándole la desnudez de un cuerpo entre el que nunca pudo volver a ser cuerdo.

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