Todo gratis

Llevo días observando, escuchando, leyendo y analizando las reacciones a las palabras que Monserrat Domínguez pronunciara en las IX Jornadasde Blogs y Medios de Comunicación que se celebraron en Granada. En ellas, la nueva directora del ‘Huffington Post’ en España aseguraba que en ese medio digital no entienden los blogs como un trabajo, por lo que sus autores no cobrarán.

Obviamente, ha habido reacciones para todos los gustos pero yo, para empezar y llegar al colmo de la simplificación, solo quiero hacer una pregunta: ¿De quién es la responsabilidad de cualquiera de las afirmaciones publicadas en esos blogs? Es solo una reflexión porque para mí, las responsabilidades han de pagarse.

Es cierto que es mucho simplificar llevar lo afirmado hacia ese terreno porque creo que el fondo de la cuestión es mucho más complejo. A mi juicio volvemos a errar a la hora de establecer la perspectiva fundamental y que no es otra que tener clara cuál es la función de los medios de comunicación. Si tenemos en cuenta que esta no es otra que facilitar el ejercicio del derecho a la información, creo que partimos de un error de base a la hora de redefinir el modelo tras la aparición de todos los nuevos componentes y canales de comunicación que nos ha traído la red.

Si aceptamos esta premisa, la afirmación de Domínguez es una barbaridad. Si no aceptamos esta premisa porque internet ha cambiado la forma de acceso a la información, habrá que analizar mucho para realizar esa redifinición del modelo y, por tanto, comprobar que con ese nuevo esquema el ejercicio de un derecho recogido en la Constitución está garantizado.

Entre todas las reacciones me ha llamado poderosamente la atención un post en el que se asegura que publicar un blog gratis es lo mismo que darle de comer a Twitter o Facebook con nuestras actualizaciones de estado. Yo creo que hay una importante diferencia entre poner lo que a ti te da la gana, te apetece o te gusta en estas cuentas y ejercer un oficio con rigor. Creo que es una importante diferencia.

Sea como fuere, el sector está tan tocado que bordea el hundimiento y lejos de unirnos más, la situación nos sigue enfrentando a los unos con los otros hasta el punto de que los que tienen trabajo miran con recelo a los que no y viceversa.

Llevo tiempo pensando que somos nosotros mismos, los periodistas, y no los empresarios los que deberíamos coger las riendas de este cambio, realizar el análisis pertinente y luchar por nuestra profesión. Lo que no veo aún es ese punto de inflexión necesario para salir del fondo.

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Nos damos la mano

Las redes sociales están que arden con el nuevo anuncio de Loewe, ya hay hasta una ingeniosa parodia que, puntualmente, les dejo al final junto al anuncio de marras pero yo quiero hablar de otro anuncio, otro que me preocupa más si cabe que la imagen que se está dando por la firma de moda a la juventud, el de seguros Santa Lucía, ahora explicaré por qué. Primero, aquí está.

 

La letra de la canción acompañada de las imágenes son el meollo de la cuestión. Es el alegato contra la igualdad y en favor de la familia tradicional patriarcal más caduco que he visto en los últimos años. Dibujan una realidad con el cabeza de familia, un hombre por supuesto, que tiene que amparar a todos y que él solo encuentra el amparo de la compañía de seguros. ¿En qué mundo viven y quieren vivir los creativos de este anuncio? ¿A ti quién te da la mano después de que tú se la hayas dado a mamá? Increíble.

En la sociedad actual, al menos ciertas instancias generadoras de comportamientos, deberían tener superado el modelo familiar obsoleto en el que el padre es considerado el cabeza de familia. Hemos luchado y avanzado demasiado todos como para que este aún sea el estereotipo de una familia común. Y si ya el anuncio es un aberrante alegato contra la igualdad de mujeres y hombres en el seno familiar -porque que yo sepa las cargas familiares se reparten entre todos y, especialmente entre los dos cónyuges- no digamos ya a la hora de contemplar los distintos tipos de familia que hoy son visibles en la sociedad y están perfectamente normalizados.

Espero que el observatorio de la publicidad o cualquier observatorio para la igualdad de género tomen las medidas correpondientes porque algo así, a mi juicio, daña el avance de la sociedad.

Si realmente Santa Lucía quería llegar solo y exclusivamente a ese tipo de familia, espero que no consiga muchos clientes porque eso querrá decir que la sociedad está, una vez más, por delante en su evolución hacia la igualdad de hombres, mujeres y familias, y no tolera que le generen comportamientos estereotipados ya superados.

Lo prometido es deuda. Aquí está Loewe:

 

Y la parodia

Santos y patrones

Nunca pensé que el 24 de enero, San Francisco de Sales, iba a ser un día de santos y patrones. Desde que tengo memoria y quise ser lo que soy hoy, periodista, nunca pensé que un día como éste se podía convertir en el triste día en que lloramos los males de una profesión más vocacional que otra cosa. Nunca ha sido la panacea, siempre fue duro estar dentro, pero hoy más que nunca hace aguas acuciada por unos males perfectamente localizados pero a los que nadie pone remedio.

Al final todo se circunscribe a santos y patrones, santos entendidos como todos esos luchadores que se juegan día a día su futuro por mantener la dignidad de la profesión más bonita del mundo y patrones -de dentro y de fuera, periodistas y empresarios- más preocupados por otras cuestiones como el dinero, la notoriedad, la influencia… Seguro que se les ocurren muchos más sustantivos nada beneficiosos para el prestigio de esta profesión.

Antes que nada quiero entonar el mea culpa, el mea culpa por lo que yo he podido dañar mi oficio y por no ser más valiente y seguir el ejemplo de compañeros como los de periodismohumano o GuinGuinBali, entre otros, que han demostrado que nuestro futuro solo está en nuestras manos y en nuestra unión.

Y como no quiero que éste sea un día triste voy a recordar muchas de esas razones por las que un día quise ser periodista y que se resumían en una: quiero contarle historias a la gente, historias que pasan y que no conocerían de otra manera.

Por eso, quiero tener un recuerdo:

  • A todos los que me forjaron.
  • A todos esos sucesos cubiertos cuando ibas a hacer otra cosa.
  • A todas esas entrevistas de las que tanto aprendemos.
  • A esas tardes en la redacción debatiendo para ofrecer la mejor información.
  • A mis compañeros y todo lo que me enseñan.
  • A la investigación necesaria para hacer una buen reportaje.
  • A las horas de llamadas para contrastar noticias.
  • A las llamadas a la redacción en días libres para avisar de una noticia.
  • A las risas, los llantos y los enfados.
  • A todas esas personas que nos cuentan su historia.
  • A todos los lectores, telespectadores u oyentes y lo que nos demuestran.
  • A todas las estrategias de comunicación.
  • A todos los sentimientos generados en cada una de las noticias, reportajes, entrevistas, opiniones…
  • Las noches sin dormir tras un día difícil.
  • Los nervios ante nuevas responsabilidades.
  • La adrenalina de trabajar bajo presión.
  • Las cervezas después del cierre…

Y tantas, y tantas otras razones. En definitiva, un recuerdo para esas pequeñas cosas, diferentes pequeñas cosas para cada uno, que hacen de esta profesión la mejor del mundo. Y me niego en un día como hoy a dejar sin mencionar a uno de los más periodistas que he conocido en mi vida. Ahí está la foto porque ese es uno de los mejores  y más difíciles momentos que he pasado en esta profesión.

Rebobinando

Es lunes y tras un fin de semana de reflexión podría escribir sobre la tercera guerra mundial económico cibernética, los problemas de la falta de socialización o la gran exposición de mi amigo Ruiz Ruiz pero no, prefiero rebobinar y reírme de todo eso que juramos un día que no haríamos otra vez o nunca, y que hoy puebla nuestras calles.

Transistor: Quién no ha huido cuando su abuelo sacaba el transistor a la calle para ir escuchando Carrusel Deportivo mientras paseaba con sus nietos. Bien pegadito al oído y si tenía antena, mejor que mejor. Hoy, no son los abuelos, son sus bisnietos los que móvil en mano escuchan la música que les gusta sin ningún medio -como unos cascos- que se interponga entre ellos y su smartphone.

Cascos: Si hablamos de cascos, ¿quién hace años no juró y perjuró que nacidos los que se metían en la oreja nunca más saldría a la calle con la ridiculez de los diadema? Probablemente los mismos que hoy lucen orgullosos sus superauriculares carísimos que son mejores y suenan mejor.

Hombreras: Cuando pasaron de moda las hombreras, quién no respiró aliviada o aliviado. Pues hoy vuelven y son muchos los que, de nuevo, se han apuntado a este suplicio.

Calentadores: Eva Nasarre los puso de moda, y todas y algunos los adoptaron. Cuando desaparecieron nadie les echó de menos y muchos reímos al vernos con ellos en fotos. Pues hoy han vuelto y con bastantes abonados.

Los leggins: Algunos hasta tenían una gomita al final para sujetarlos en los pies. También han vuelto y estos sí que tapan muchas más piernas de las que nos hubiéramos imaginado si alguien nos hubiera dicho que en 2012, nos los volveríamos a poner.

La costura: Tribus como los New Traditionals hacen que el ganchillo o el punto de cruz sea una actividad de lo más cool. ¿Quién no le ha espetado a su madre o a su abuela que para qué iba a perder el tiempo en algo así?

El bigote: Hubo una época en que el mostacho era de carcas. Hoy, los más jóvenes se adornan con bigotes dignos de José María Íñigo.

El marcapocket: Los bañadores slips eran material prohibido hasta que se volvieron a poner de moda y hoy pocos hay en la playa que no lo lleven.

Las camisas de leñador: Más de uno y más de dos las quemó. Hartos de tenerlas hasta en la sopa nos parecieron lo más horrible del mundo hasta que hace un par de años volvieron a colonizar nuestro armario.

Podemos seguir rebobinando. Se aceptan sugerencias.

 

 

Llegaron los Reyes

Sí, ya sé que ha pasado un tiempo. Sí, ya sé que la Navidad ha terminado y que, incluso, ya poca mercancía rebajada queda en las tiendas pero es que no podía pasar sin escribir sobre los Reyes Magos y sus regalos. No podía porque es en esta semana posterior cuando alcanzan todo su esplendor. Es en esta semana cuando colonizan la vida de los regalados que lucen orgullosos lo bien que se han portado.

El poder de ilusión generada por sus majestades es tan grande que del 8 al 15 de enero puedes ver a una chica lucir unas botas EMU en Canarias y con 20 grados centígrados, a un pequeño llevar la bufanda del FC Barcelona que le dejó Baltasar o a una jovencita combinar unas Vans con un bolso de Bimba y Lola (todo con el logotipo bien visible), un sombrero y unos leggins que poco le pegan al jersey que le trajo antes Papa Noel, a un señor llevar el reloj por encima de la chaqueta o a una señora llevar el carrito de la compra con la etiqueta puesta para que se sepa que es nueva.

En resumidas cuentas, el fondo de la cuestión es que seguimos igual de consumistas y con la misma necesidad de presumir y enseñar caiga quién caiga y le pese a quién le pese, aunque ese peso recaiga sobre la economía familiar del resto del año. Y lo peor de todo es que la crisis  no ha paliado esa necesidad sino todo lo contrario, puesto que los que tienen aunque sea un poquito sienten la perentoria necesidad de demostrarles a los demás lo bien que están.

Al final, que cada uno enseñe lo que le dé la gana pero creo que ya va siendo hora de que vayamos aprendiendo antes de que la tragedia griega se apodere de nuestros hogares.

Balance y comienzo

No soy de esas personas que hacen balance o se imponen propósitos en el cambio de año pero esta vez lo necesito, necesito hacer una especie de cápsula del tiempo anual para ver dentro de doce meses si hemos cambiado en algo, seguimos igual o vamos a peor. Así que en vez de una inocentada, he decidido ponerme seria.

Para mí 2011 ha sido un buen año. Sí, no me puedo quejar y no pido nada más que lo que tengo, que ya es mucho: una gran familia con niño peludo incluido (el mejor regalo de 2011), unos magníficos amigos, mucho amor y un trabajo que me permite ayudar en cierta medida a los que me rodean y lo necesitan, y vivir con tranquilidad. Sin embargo, hay cuestiones que me reabren la úlcera y que espero no se incrementen en los próximos 365 días.

  • No soporto la doble moral, los dobles juegos y el todo vale para conseguir lo que quiero.
  • Espero que los supervivientes dejen de sobrevivir a costa de las buenas personas. Sé que ser un superviviente es haber vivido situaciones que muchos otros no han sufrido pero, insisto, el fin no justifica los medios.
  • Borraría la intolerancia, el yo tengo la razón y tú no sabes nada.
  • Basta ya de considerar a los homosexuales bichos raros, intentar redimirlos o tratarlos con desprecio, desdén o complacencia. Todos somos iguales.
  • La violencia machista existe y las palabras son importantes. Como bien dice Jorge Edwards en un magnífico artículo “las palabras tiene un peso, una luz y una sombra, un efecto que puede llegar a ser devastador”, que se apliquen el cuento todas los que consideran frívolo el discrepar sobre la denominación de las cosas.
  • Impondría sanciones ejemplares para todas esas mujeres que se mofan de sus congéneres acusando a hombres de falsa violencia machista con solo un objetivo: sacar provecho personal. No hacen daño al hombre, hacen daño a quienes sufren de verdad, a quienes luchan día a día por conservar su vida y salir del infierno.
  • Eliminaría de un plumazo a todos esos que se quejan de su vida sin darse cuenta de que al lado hay siete personas peor que ellos.
  • Enterraría la vanidad, el afán de protagonismo, la avaricia, la mentira y el desdén por quienes consideramos son menos que nosotros.
  • Fundiría en un alto horno el consumismo, las necesidades innecesarias, las frustraciones creadas y las presunciones de nada.

Espero el año que viene haber borrado algunas de la lista.

Polivalencia

Desde hace un par de años como mínimo hay un debate en la profesión periodística sobre la polivanlencia o la multifunción. Si genera o quita trabajos, si es un abuso del empresario, si los compañeros que la aceptan son unos insolidarios… Ayer lo vi claro y debo este artículo a una gran amiga que me hizo disfrutar de un gran concierto de unos grandes polivalentes.

No se puede luchar contra ello. Las nuevas generaciones se preparan y son capaces de abordar varias funciones dentro de una misma profesión y es así en el arte y en la vida cotidiana. Si no nos reciclamos, la generación del 70, y alguna que otra anterior y posterior, quedará condenada al ostracismo, a pasar desapercibidos para cualquier función.

Es cierto que, como todo, la polivalencia (me gusta más que multifunción) se puede pervertir. Es cierto que los empresarios la usan para ahorrar dinero en personal porque ellos no entienden lo que no quieren y en este asunto no han entendido nada o no han querido entenderlo. La polivalencia de la que se valen estas nuevas generaciones no es esa de la que tanto gusta el capital. No significa yo hago tu trabajo, el mío y el de todos mis compañeros, significa ser todos polivalentes y formar el mismo equipo pero con mejores conocimientos de todos y complementariedad, lo que enriquece el trabajo, lo mejora, lo evoluciona y fomenta la innovación.

Es así, no hay remedio, Fanfarlo me lo dejó claro. Las nuevas tecnologías también nos están cambiando en esto y pobres si nos perdemos en batallas estériles para evitarla, lo que debemos hacer es pelear por que todo se enriquezca con una tendencia que, por ejemplo, en el mundo de la música está dando creaciones absolutamente espectaculares.