Posturas y cambios

Llevamos mucho tiempo oyendo hablar de la Ley Sinde, leyendo análisis, revisando pros y contras, analizando posturas, viendo iniciativas a favor y en contra… Mucho tiempo. Pues bien, después de todo este tiempo resulta que tan sólo una persona pública, porque en privado me imagino y espero que haya más, ha sido capaz de escuchar en vez de oir , de dialogar, de analizar de forma pausada y, lo que es más importante, reconocer la equivocación de su postura inicial y cambiar de opinión, Álex de la Iglesia.

Estamos en una sociedad en la que, como hablábamos el otro día una compañera y yo, coherencia es una de las palabras más denostadas y mal utilizadas por todos aquellos que quieren buscar un asa a sus pensamientos y actitudes aunque sean incongruentes. Una sociedad que a los cambios de postura les llama vaivenes, falta de personalidad…, y que ha alcanzado un cierto, por no decir un alto, grado de fundamentalismo en la defensa de unas superfluas ideas estén o no equivocadas.

Álex de la Iglesia acaba de dar una lección. Su carta y la coherencia demostrada en su actitud es contundente, clara y hace mucho daño a los inmovilistas porque dinamita la línea de flotación de todos aquéllos que son incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos por miedo a perder privilegios, notoriedad social y, sobre todo, dinero.

Ojalá cunda el ejemplo aunque habrá otra persona más dócil dispuesta a sustituirle sin preguntarse nada más allá, solícita a refrendar a los que le han puesto, estén equivocados o no.

No hace nada me decía una persona a la que yo tengo en muy alta estima que prefería tener con él trabajando a un crítico que a siete pelotas porque de esa única persona aprendía, de los otros sólo podía esperar que le sacaran del mundo y le situaran en ese lugar en el que los humanos perdemos el sentido de la realidad para empezar a pensar que somos prácticamente dioses en lo que hacemos.

Estoy con él y con Álex de la Iglesia.

Anuncios

El periodismo y la crisis

Leía hoy en El País una interesante entrevista de Laura Lucchini a Giovanni di Lorenzo, director del semanario alemán ‘Die Zeit’ que ha registrado en plena crisis los dos mejores años de su historia. En ella, se dan muchas de las claves de lo que está pasando y lo que puede pasar con los periódicos impresos si, sobre todo, no se comprometen con sus lectores a los que, creo, han obviado deliberada y erróneamente durante los últimos años.

Una máxima en los negocios es que nada te viene regalado y eso parecen haberlo olvidado muchos empresarios de la comunicación que han mirado más por solucionar su cuenta de beneficios con medidas drásticas e inmediatas que la necesidad de evolucionar, reinventarse, trabajar y ofrecer calidad.

En el último año estamos cansados de ver despidos y plantillas multitarea, parcialidad económico-política y un afán de protagonismo inusitado de muchos profesionales que piensan que al público le interesa lo que les interesa a ellos.

Pues bien, ahora viene ‘Die Zeit’ y demuestra todo lo contrario. Adaptación, sí pero sin olvidar lo que sostiene esta profesión: la gente. Porque las ediciones online no significan la salvación de la profesión por sí mismas.

La importancia de la calidad de los contenidos, el ofrecer un producto diferenciado, la independencia de los poderes políticos y económicos, y una plantilla dimensionada y adecuada a la calidad el producto son los secretos del semanario, que además ha introducido mejoras diseño, nuevos productos y una edición online con una plantilla de 60 trabajadores, sin olvidar de la captación de nuevos clientes en las escuelas y universidad.

Sí, una plantilla de 60 trabajadores y en España aún estamos hablando de la multitarea, redactores que por el mismo precio hacen su artículo para el periódico en papel y el digital, en la mayoría de los casos, el mismo artículo.

‘Die Ziet’ ha conseguido todo lo contrario, que sean los propios redactores de papel los que colaboren voluntariamente con la edición digital. Ya un tercio de la redacción convencional lo hace.

Los empresarios de la comunicación deberían dejar de mirarse un poco el ombligo y empezar a escuchar al lector, a escuchar a la sociedad y a darse cuenta de que nuestro protagonismo o el posicionamiento ideológico son las armas que están matando esta profesión, no internet.