Piratería o venganza muy pobre

Leo en El País un artículo en el que se afirma que la película de Álex de la Iglesia Balada triste de trompeta ha sido pirateada desde dentro de la Academia. El artículo especula con la posibilidad de que sea una especie de venganza por el cambio de postura del director con respecto a la Ley Sinde. Álex de la Iglesia, por su parte, obvia la polémica y sigue trabajando (lo mejor que puede hacer, a mi juicio).

Cartel de la película de Álex de la Iglesia

Si realmente el caso de Balada triste de trompeta es una venganza, me parece una triste venganza o, como las llama mi padre, una venganza pobre, una vengancita de esas que no llevan a ninguna parte y que ni siquiera afectan al objetivo sobre el que se quiere ejercer.

La cuestión no es a quién se piratea sino, como dijo el propio Álex de la Iglesia, la cuestión es si el modelo actual es el adecuado o si existen otros nuevos aprovechables y en los que puede estar el futuro de la industria cinematográfica.

Muchos somos los colectivos afectados por un nuevo orden introducido por internet y si seguimos perdiendo el tiempo  con venganzas pobres contra los herejes lo único que habremos conseguido es perder un tren que puede darnos las mismas satisfacciones que quebraderos de cabeza nos está ocasionando ahora.

Lástima que alguien pueda estar tan ciego que la única conclusión que extraiga de un cambio de postura reflexionado y meditado por parte de una persona sea: pues le pirateo y que se chinche, como en el colegio.

Aún así, insisto, los archivos de la Academia corren como la pólvora en las páginas P2P una vez son distribuidos entre las personas elegidas. ¿Por qué y quién? Es un motivo para la reflexión y espero que no sean los mismos que se quejan de las consecuencias de la piratería los que intenten reventar ciertas películas en taquilla subiendo a la red sus copias de privilegiados.

Navi ¿qué?

No me gusta la Navidad y no me gusta por muchos motivos. Nunca me ha gustado, bueno de pequeña sólo la emoción de los Reyes Magos y mi cumpleaños, que es en estas fechas, pero nada más. No me ha gustado nunca porque no entiendo que quiénes se odian durante el resto del año se quieran durante quince días, no me gusta porque no entiendo la felicidad fingida u obligada y no me gusta porque no soporto un consumismo desmedido obviando cualquier situación que tengamos a nuestro alrededor.

Cenas obligadas, buenas caras fingidas, falsas felicitaciones, puntuales obras benéficas… Eso es lo que es para mí la Navidad.

A ello, hay que añadir que la vida lleva a cada uno por unos derroteros diferentes y, como leía hoy en un artículo de ‘El País‘, el vuelve a casa por Navidad hace más daño que beneficios comerciales genera.

Sí, con el paso del tiempo he visto como mi madre se entristecía porque no podemos estar todos juntos -mis hermanos y yo trabajamos fuera-, y eso que sólo faltan los que han de faltar por ley de vida, que se suele decir; he visto cómo gente muy cercana ha tenido que empeñar parte de sus recuerdos porque no tenían dinero para llevar el nivel de vida de su alrededor; y he visto como lo que suponía iba a ser paz y armonía se convertía en una batalla campal. Sin hablar de las personas cercanas que han perdido a un ser querido.Cartel de la película Pesadilla antes de Navidad

Reconozco que desde que era muy pequeña había ciertas situaciones en mi vida que me producían un profundo dolor, y la Navidad es una de ellas. El otro día oía a una persona decir que si le tocaban 4.000 euros en la Lotería de Navidad tendría para comprar los regalos de Reyes. Monté en cólera porque, con crisis o sin ella, existe un sector de la población que ni siquiera tiene para gastarse 2 euros en jamón de york para la cena mientras otros gasta 4.000 euros en regalos.

No me gusta la Navidad, no me gusta en lo que ha derivado y no me gusta que la felicidad, amistad, cariño, alegría o solidaridad sólo existan durante 15 días al año.

El periodismo y la crisis

Leía hoy en El País una interesante entrevista de Laura Lucchini a Giovanni di Lorenzo, director del semanario alemán ‘Die Zeit’ que ha registrado en plena crisis los dos mejores años de su historia. En ella, se dan muchas de las claves de lo que está pasando y lo que puede pasar con los periódicos impresos si, sobre todo, no se comprometen con sus lectores a los que, creo, han obviado deliberada y erróneamente durante los últimos años.

Una máxima en los negocios es que nada te viene regalado y eso parecen haberlo olvidado muchos empresarios de la comunicación que han mirado más por solucionar su cuenta de beneficios con medidas drásticas e inmediatas que la necesidad de evolucionar, reinventarse, trabajar y ofrecer calidad.

En el último año estamos cansados de ver despidos y plantillas multitarea, parcialidad económico-política y un afán de protagonismo inusitado de muchos profesionales que piensan que al público le interesa lo que les interesa a ellos.

Pues bien, ahora viene ‘Die Zeit’ y demuestra todo lo contrario. Adaptación, sí pero sin olvidar lo que sostiene esta profesión: la gente. Porque las ediciones online no significan la salvación de la profesión por sí mismas.

La importancia de la calidad de los contenidos, el ofrecer un producto diferenciado, la independencia de los poderes políticos y económicos, y una plantilla dimensionada y adecuada a la calidad el producto son los secretos del semanario, que además ha introducido mejoras diseño, nuevos productos y una edición online con una plantilla de 60 trabajadores, sin olvidar de la captación de nuevos clientes en las escuelas y universidad.

Sí, una plantilla de 60 trabajadores y en España aún estamos hablando de la multitarea, redactores que por el mismo precio hacen su artículo para el periódico en papel y el digital, en la mayoría de los casos, el mismo artículo.

‘Die Ziet’ ha conseguido todo lo contrario, que sean los propios redactores de papel los que colaboren voluntariamente con la edición digital. Ya un tercio de la redacción convencional lo hace.

Los empresarios de la comunicación deberían dejar de mirarse un poco el ombligo y empezar a escuchar al lector, a escuchar a la sociedad y a darse cuenta de que nuestro protagonismo o el posicionamiento ideológico son las armas que están matando esta profesión, no internet.