Los grises de vivir del cuento

Escribo este post con todo el cabreo que da la impotencia y la indignación. Hace tiempo escribía una entrada titulada Los grises del profesorado, pues bien, hoy quiero matizarla: lo lamentable que son los grises de vivir del cuento.

En aquella entrada comentaba el problema de un niño al que le habían diagnosticado un TDAH y el poco compromiso del centro al que asistía y de todo el profesorado, salvo de una profesora que fue la única en más de diez años que se preocupó por él. Ese centro era el Colegio Echeyde I, concertado, un centro que ha actuado con manifiesta negligencia durante todo el proceso educativo del menor.

A todo esto se une algo peor, tras su marcha a otro centro, un centro público cuyos profesores, en menos de un mes, se han comprometido con el adolescente más que lo que se comprometieron sus compañeros del Echeyde en trece años, han decidido estigmatizar al niño, así de contundente.

Ese colegio, que no es muy exacto en su página web con respecto a lo que ofrece a sus alumnos, ha hecho algo que no lo haría yo ni con mi peor enemigo. Junto al expediente de traslado de obligado cumplimiento han adjuntado una carta al nuevo centro del alumno para decirle que es un niño gamberro, payasete, insufrible y con problemas de comportamiento. Eso sí, parece que en el citado escrito han obviado el análisis médico que lleva desde hace años para buscar la causa de su comportamiento, su padre está averiguando si ha sido así…

Es cierto que han sido demasiados años siendo condescendientes con el centro, dándoles otra oportunidad, advirtiéndoles de que el pequeño podría tener problemas pero siempre quedaba la esperanza de que vieran la situación y adquirieran el compromiso que solo adquirió una de las tutoras, sobre todo cuando los psicólogos dicen que un cambio de centro podría ser peor para él.

Aún así, aún con la insistencia, ellos decidieron que es mucho más fácil mirar a otro lado, dejar que fracase y evitar la molestia que supone darle un trato diferenciado, atender la diversidad, algo a lo que obliga la LOE, algo que está desarrollado en varias órdenes y decretos del Gobierno de Canarias.

Y llegados a este punto si fue su decisión, la de la psicóloga del centro -que ignoró los informes externos- y la de los responsables últimos del centro, pues su decisión fue y las responsabilidades legales se las pedirán otros pero una vez que los padres intentan solucionar el problema y trasladar al niño a otro centro, por favor, solo se les pide que le dejen empezar de nuevo, que le permitan esa segunda oportunidad que nos merecemos todos, que no le estigmaticen, que cuenten toda la verdad y que le dejen seguir con su vida porque lo contrario no es de muy buena gente.

Afortunadamente, los profesores del nuevo centro público lo han acogido, han hablado con él y han intentado normalizar su integración con los nuevos compañeros. Esperemos que esa horrible carta que nunca debió salir del Echeyde no condicione su futuro como persona.

Anuncios

Los grises del profesorado

Llevo alejada de este blog un tiempo por cuestiones laborales y me he pensado mucho si redactar esta entrada o no pero una conversación ajena me ha decidido a escribir sobre este asunto ya agobiada por la impotencia de ver como un colegio entero pasa de un niño con problemas.

Estaba el otro día en el supermercado y tuve que oír a una profesora decir que había que echar de su trabajo a una periodista porque había criticado la actitud en general del cuerpo docente en un programa de una televisión pública y eso era inadmisible. ¡Qué bien se juega con el pan de los demás cuando uno el suyo lo tiene seguro de por vida!

Por lo visto, la periodista había comentado que sentía una menor implicación del colectivo docente con los niños y que había menos vocación entre los que formaban parte de él. Pues bien, para la profesora era motivo de despido. ¡Así de fuerte! Que la culpa de todo la tenemos los periodistas.

Pues bien, quiero contarle una historia a esa profesora no sin antes matizar que conozco profesores muy comprometidos, que se vuelcan en su trabajo y que le dedican más horas que nadie aunque los integrantes de la historia no son el caso.

Quiero contarle como en un colegio concertado por el que se paga mensualmente una cantidad, y si no la pagas ya sabes a qué atenerte, se niegan a reconocer el trastorno de atención de un menor porque eso les genera problemas.

Quiero contarle que mientras el niño está diagnosticado y medicado por profesionales ajenos al centro la coordinadora sigue diciendo que no tiene nada.

Quiero contarle que los profesores le echan de clase porque es un impertinente y que tan sólo una, en más de diez años que lleva en el centro, se preocupó por si su actitud se debía a un TDAH o trastorno de atención por hiperactividad.

Quiero contarle que el niño es el gamberro del colegio en las reuniones de profesores y entre unos y otros se advierten para que lo echen de clase a la mínima molestia.

Quiero contarle que tiene un cociente intelectual por encima de la media que nadie le ha potenciado porque era un gamberro, y pasa curso a curso renqueante y sin saber muy bien nada sobre nada.

Quiero contarle que no ha recibido ni una clase de apoyo, que no ha tenido ni una conversación con sus tutores, que nadie se ha preocupado por él y que, por supuesto, el colegio no ha cumplido la normativa en relación a este asunto.

Quiero contarle que los padres llevan desde los cinco años intentando hacer ver a esos profesores que el niño podía tener un problema por una situación familiar complicada.

Quiero contarle que si no hubiera sido por el interés de una sola profesora y por la lucha de sus padres el niño estaría condenado a ser un fracasado.

Es así de duro. La educación de los hijos depende de los padres pero, en gran medida, también depende de los profesores que han pasado de tratarles como personas a convertirlos en un número y si decir esto es motivo de despido, pues que esa profesora pida también el mío.

¡Ah! y que no se me olvide contarle que mientras ella el viernes previo a la semana de Carnaval abría la puerta de su casa a las 15:00 horas (es mi vecina y coincidí con ella) con la alegría de no volver a trabajar hasta una semana más tarde,  a la periodista que la criticó probablemente le esperara el día más largo de la semana seguido de todos los festivos trabajados.